Estrés y agotamiento: cuando el cuerpo te avisa de que ya no puede más
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¿Te suena esto?
El estrés y agotamiento no siempre se ve desde fuera: muchas veces se disfraza de ser ‘muy responsable’. Pero hay señales que el cuerpo y la mente mandan cuando ya llevan demasiado tiempo en tensión:

Tienes la sensación constante de que tienes que llegar a más cosas de las que puedes abarcar

Te cuesta desconectar, aunque estés de vacaciones / fin de semana

Notas tensión física que no se va (mandíbula apretada, hombros cargados)

Te irritas por cosas que antes no te afectaban, o reaccionas de forma atípica a ti
60%
El 60% de la población española declara que el estrés afecta su vida diaria, una cifra muy alineada con la media mundial del 62%, según el estudio elaborado por Ipsos con motivo del Día Mundial de la Salud Mental.


¿Cómo puede ayudarte la terapia?
Paso 1
Entender qué lo está alimentando
El estrés crónico casi nunca viene solo de tener mucho trabajo. La terapia te ayuda a identificar qué creencias o exigencias (propias o ajenas) están sosteniendo ese estado de tensión constante.

Paso 2
Aprender a regular tu sistema nervioso
Con "relajarse" no bastará. Se trata de desarrollar recursos reales para salir del estado de alerta cuando el cuerpo ya no sabe hacerlo solo: herramientas que puedas usar en el día a día y que con el tiempo cambian cómo respondes a estas situaciones.

Paso 3
Construir una forma de vivir que sea sostenible
Más que gestionar el estrés, el objetivo es no tener que gestionarlo constantemente. Eso implica revisar límites, aprender a priorizar y cambiar la relación que tienes con el rendimiento, el control y las expectativas.

Llevar tanto tiempo en tensión tiene solución: el primer paso es encontrar al psicólogo adecuado para ti
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FAQs
Son dos cosas distintas, aunque convivan con frecuencia. El estrés tiene un origen identificable: una carga en el trabajo, una mudanza; una situación concreta. Cuando desaparece la causa, el estrés tiende a aliviarse. La ansiedad, en cambio, persiste aunque no haya ninguna amenaza real. Dicho esto, el estrés crónico no tratado es uno de los caminos más habituales hacia la ansiedad.
No todo el estrés es igual. El estrés agudo es puntual y adaptativo: te ayuda a responder ante una situación concreta y luego desaparece. El estrés crónico es el que se instala durante semanas o meses y que el cuerpo ya no sabe cómo desactivar. Y luego existe el distrés, que es cuando la presión supera los recursos que tienes para hacerle frente, y empieza a afectar tu salud y tu calidad de vida. Es en este punto donde la intervención terapéutica marca una diferencia real.
Sí, aunque no lo parezca. Cuando el cuerpo lleva mucho tiempo en estado de alerta, el sistema inmunológico se debilita, el sueño se ve afectado, aparecen problemas digestivos, tensión muscular crónica o dolores de cabeza frecuentes. El estrés sostenido también se asocia con hipertensión y mayor riesgo cardiovascular. El cuerpo no distingue entre una amenaza real y una amenaza percibida: reacciona igual en los dos casos.
Por supuesto: el agotamiento no depende solo de la cantidad de cosas que haces, sino de cuánto esfuerzo mental y emocional requieren. Gestionar incertidumbre, tomar decisiones constantemente, mantener el control de todo o no poder desconectar son formas de estrés que gastan mucha energía aunque desde fuera no te lo parezca.
Cuando el estrés deja de ser puntual y se convierte en tu estado habitual, cuando ya no recuerdas la última vez que te sentiste descansado/a de verdad, cuando empieza a afectar tus relaciones, tu trabajo o tu salud: ahí ya merece atención. No hace falta esperar a estar al límite para pedir ayuda. Cuanto antes se trabaja, más fácil es revertirlo.
El ejercicio, o la meditación, pueden ser herramientas útiles. Pero si el estrés tiene raíces en patrones de pensamiento o en una dinámica vital que no es sostenible, esos hábitos alivian, pero no resuelven. La terapia no reemplaza esos cuidados, sino que irá un poco más allá, donde esas herramientas no llegan.